Pasando, entonces, a la observación participante como método, se plantea la pregunta: ¿cuánto tiempo de trabajo de campo es el mínimo suficiente? Leo con interés el debate entre George E. Marcus y Judith Okely, publicado en el número 15(3) de la revista de la Asociación Europea de Antropólogos Sociales, Social Anthropology, en 2007 (pp. 353-67). Ninguno de los ponentes da una respuesta concreta, pero se contraponen modelos distintos de trabajo de campo y se narran experiencias muy distintas sobre la evolución reciente de la Antropología como carrera académica en EEUU y en el Reino Unido. De hecho, hay algunas reflexiones verdaderamente interesantes para entender lo que nos está pasando, y lo que está por venir, en la universidad española.
Evidentemente, hay puntos de coincidencia. Ambos dan por hecho que nadie se cree ya esa imagen idealizada del antropólogo aislado por años, totalmente integrado en la comunidad objeto de estudio. Y ambos reconocen la importancia de una distancia reflexiva sobre la cultura que se estudia. Ninguno de ellos subestima la importancia del tiempo dedicado a la investigación, pero asumen que ese tiempo se puede emplear en distintas fases y actividades. Quien mejor lo expresa es Marcus, citando a su colega Faubion (traducción libre):
La buena antropología siempre lleva su tiempo. Aún así, no veo razón para concluir que el tiempo que requiere se pase siempre en una choza en el campo… Esto es, el perfil ético de un buen antropólogo no implica un a priori metodológico sobre la duración adecuada de un proyecto.

En lo que no están de acuerdo es en el modelo básico ideal. Marcus propone un modelo de trabajo de campo abierto, siempre en diálogo con otros, sobre un proyecto que debe transformarse continuamente, al modo en que trabajan los equipos en el ámbito del diseño. Eso si, para no perderse en el camino, estos proyectos deben centrarse siempre en las evidencias y materiales que se van recogiendo mientras tanto. Okely, en cambio, defiende lo que ella considera el modelo “de toda la vida”, y desconfía de las innovaciones. No me extraña. Esta es su historia (traducción libre):
Bajo Thatcher, las ciencias sociales tuvieron que demostrar su “utilidad”… Comisiones de financiación gubernamental impusieron a las universidades trabajar sobre objetivos educativos. Eso fue seguido por el énfasis en las “competencias transferibles” susceptibles de ser auditadas y por la “enseñanza de metodología” para los doctorandos. En un principio se esperaba que las ciencias sociales partieran de una misma enseñanza de metodología para TODAS las disciplinas, fuera Económicas, Políticas o Antropología. Eventualmente, para asegurarse financiación, se diseñó un batiburrillo de módulos sobre cada una. Pero la Antropología no tenía su típico libro de texto para incorporar, y tuvo que apoyarse en los manuales positivistas fundados en la demostración de hipótesis con los que trabajan otras disciplinas. Mis doctorandos de Edinburgo durante los años 90 se sentías desmoralizados por las bromas de otros profesores sobre la falta de “proyecto de investigación” o de planificación de la Antropología. De ahí mi proyecto alternativo anti-método y anti-técnicas que celebra las prácticas antropológicas, no las recetas.
Y luego pasa a explicar cómo desacreditar el trabajo de campo prolongado es solo una excusa para reducir costes –que al final, tampoco se reducen porque la elección imperante es una práctica muy costosa –tan costoso como me resulta traducir, así que paso a reproducirlo literalmente:
It is tragic if some funders’ prevailing ideology encourages anthropologists to abandon long-term fieldwork. It has been claimed that time-intensive fieldwork is too expensive. Yet the alternative is the managerial top-down director, with multiple assistants as hasty data gatherers with inflexible questionnaires; all mechanisticallyprocessed. Ultimately, the cost of the consultancies, wages and travel expenses is high. The greater social cost of misinterpretation is conveniently disguised. Too often, Development Agencies, NGOs and theWorld Bank privilege quantification as primary evidence. Anthropologists, along with others in need of employment, are then recruited to chase the numbers. Yet decades ago, Edmund Leach (1967) demonstrated how an intensive study of a single village by one anthropologist revealed a far wider explanatory system, thus undermining the numerically distracting conclusions from mass surveys of dozens of neighbouring villages.
Paradoxically, the state never worries about control samples, numbers and ‘informant contamination’ when it wants to monitor and, likewise, comprehend a total system. The standard methods of espionage have resonances with anthropological fieldwork, although for very different ends. The similarities include: participant observation, extended co-residence, acquisition of the local language and ‘culture’, ideally by a lone ‘fieldworker’ (Okely 2006).
Okely, además, rebate directamente el modelo propuesto por Marcus (traducción libre):
Tengo mis reservas sobre la metáfora con el estudio de diseño, a la luz del mercado del arte y de la arquitectura de autor. Algunos artistas británicos que son famosos millonarios y artistas conceptuales, sueñas y patentan una idea y luego emplean trabajadores artesanos, o meros obreros, para materializar ese sueño. Esto se me parece al científico social gestor, con sus asistentes subordinados haciendo el trabajo sucio para el que llaman “investigador”. El laobratoire francés también es una pirámide con un único autor-estrella cada vez más distanciado de la investigación empírica.
La cosa no queda aquí, porque Marcus responde, y Okely insiste… Pero eso lo dejo para una próxima entrada.