Reproduzco una larga cita de Stephen Jay Gould (1941-2002) que utilizo a menudo en mis clases para explicar mi opinión sobre la «objetividad» en la ciencia (tal vez, también, en la vida…):
Confieso, antes que nada, ser muy sensible a esta concreta cuestión. Me crié en una familia con tradición de participar en las campañas a favor de la justicia social y fui activo, cuando era estudiante en el movimiento pro derechos civiles en una época de gran agitación y éxitos, la de principios de la década de 1960.
A menudo los investigadores son circunspectos a la hora de citar estos compromisos, pues, en el estereotipo, la gélida imparcialidad opera como un sine qua non de la debida y desapasionada objetividad. Considero este argumento una de las exigencias más falaces, incluso perjudiciales, que se hacen normalmente en mi profesión. La imparcialidad (aun siendo deseable) es algo que no está al alcance de los seres humanos con inevitables antecedentes, necesidades, creencias y deseos. Es peligroso para un investigador imaginar tan siquiera que podría alcanzar la absoluta neutralidad, pues entonces se deja de ser vigilante sobre las preferencias personales y sus influencias; y entonces de verdad que se es víctima de los dictados del prejuicio.
La objetividad puede definirse desde una perspectiva funcional como el justo tratamiento de los datos, o como la ausencia de preferencias. Además, se precisa entender y conocer las inevitables preferencias a fin de percibir su influencia, ¡para lograr un tratamiento justo de los datos y los argumentos! Ninguna presunción podría ser peor que la creencia en la propia objetividad intrínseca, ninguna prescripción sería más adecuada para delatar a los bobos… La mejor forma de objetividad consiste en identificar explícitamente las preferencias, de modo que su influencia pueda reconocerse y contrarrestarse…
Debemos identificar las preferencias con objeto de limitar su influencia en nuestro trabajo, pero no nos extraviamos cuando utilizamos esas preferencias para decidir a qué temas deseamos dedicarnos. La vida es corta e infinitos los estudios potenciales. Tenemos muchos mejores posibilidades de alcanzar algo importante cuando seguimos nuestros impulsos afectivos y trabajamos en campos con mayor significado personal. Por supuesto, esta estrategia aumenta el peligro de los prejuicios, pero lo que gana en dedicación tal vez compense sobradamente esa inquietud, sobre todo si nos mantenemos igualmente comprometidos con el objetivo general de la imparcialidad y ferozmente comprometidos con la vigilancia y examen constantes de nuestros prejuicios personales (S.J. Gould 1997, La falsa medida del hombre, pp. 28-29.)